El título de esta nota no es del todo exacto pero la anécdota que se cuenta en ella es real, fue tomada del primer volumen de “History of Comics” de Jim Steranko y resulta demostrativa de cierto espíritu bohemio que rodeo a esa actividad en la denominada Edad de Oro.

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Dibujo de Bill Everet publicado en “History of Comics” de Jim Steranko

  A comienzos de los años cuarenta la naciente industria del comic book norteamericano vivía su edad dorada. Tras las huellas de Superhombre y Batman surgían una pléyade de justicieros enmascarados o con poderes especiales, se vendían millones de ejemplares y a diario surgían nuevos títulos y editores, muchos de ellos improvisados pero atraídos por la posibilidad de ganar dinero.

     En ese universo de nuevos personajes descollaban “Sub-Mariner” y  “The Human Torch”, creados respectivamente por Bill Everett (1917-1973) y Carl Burgos (1916-1984) y que junto con el Capitán América eran –hacia 1940/41- los productos más populares de una editorial regenteada por Martin Goodman llamada Timely, luego Atlas y  finalmente…Marvel Comics.

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SubMariner en la revista Sabú, 1954

    Ambos personajes habían aparecido en 1939 y eran literalmente el agua y el fuego. A veces héroe, a veces villano, Sub-Mariner -considerado el primer mutante de la historieta- era hijo de un marino y de una princesa de la ciudad submarina de Atlantis. La Antorcha Humana por su parte era un androide producto de un experimento fallido y que finalmente se rebelaba contra la ambición del científico que lo había creado. Siguiendo el modelo de Batman lo  acompañaba en sus aventuras un joven ladero (sidekick) llamado Toro.

¿EL PRIMER “CROSSOVER”?

    En algún momento del año 1940 o 1941 y aquí se inicia la anécdota, Everett y Burgos que eran amigos y ya habían trabajado juntos en otra editorial pensaron que sería interesante crear una historieta donde ambos personajes lucharan entre sí. El proyecto  llegó a oídos de Martin Goodman a quien no solo le gustó la idea sino que exigió que el respectivo comic book estuviera listo inmediatamente…inmediatamente era ¡para ese fin de semana!

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   Todo lo que sabían Everett y Burgos era que Sub-Mariner y La Antorcha Humana tenían que tener una pelea, pero unieron sus fuerzas para cumplir con el plazo (más bien el ultimátum) dado por Goodman. Se hizo correr la voz para que todo aquel que estuviera disponible entre viernes, sábado y domingo pudiera colaborar en lo que fuera, desde sacar punta a los lápices a borrar páginas. El departamento de Everett fue elegido como “la escena del crimen” y se ordenaron cajas de cerveza y bandejas de sándwiches.

UN CAOS ORGANIZADO

   Everett y Burgos se sentaron a dibujar las primeras dos páginas sin tener la más mínima noción sobre el argumento. La convocatoria había reunido a una decena de voluntarios que comenzaron a aportar sus habilidades. John Compton comenzó a esbozar un guión; Jack Darcy de Hillman Publications encontró un rincón y comenzó a trabajar; Mike Roy y Harry Sahle se pusieron a dibujar fondos; George Kapitan y Harry Chapman acercaron sus talentos de escritores mientras que un tal Joey Piazza, siendo incapaz de encontrar un sitio para trabajar instaló su cuarto de escritura… en la bañera.

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   Los desgloses eran dibujados a lápiz tan pronto como se completaban las sinopsis de cada página. Los diálogos definitivos eran escritos directamente en las páginas y entonces pasados a tinta. Todos se unieron para producir la historia página por página, inventando a medida que avanzaban.

   Según el testimonio de Everett que Steranko evoca en su libro, el piso estaba cubierto de hojas de papel mientras que las botellas se amontonaban en los rincones. Se intercambiaban ideas a los gritos. Artistas y guionistas dormían por turno y la radio y el tocadiscos sonaban a todo volumen. El alboroto motivó que los vecinos se quejaran y llamaran a la policía. “Parecía la versión de la industria del comic de la película “Sopa de Ganso” (*) recordaba Everett, agregando que pese a todo el trabajo se terminó a tiempo y la revista fue un éxito y concluía diciendo: “La era del comic book de 10 centavos fue la más romántica y aventurera”.

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Que lo anteriormente narrado era algo habitual en aquellos tiempos lo certifica el dibujante y dramaturgo Jules Feiffer en su libro “The Great Comic-Book Heroes”, uno de cuyos pasajes puede verse reproducido en el fascículo 9 de “Historia de los Comics” editada por Toutain. Dice allí: “Y lo peor eran los fines de semana. Un amigo podía pedir ayuda: se había comprometido a reunir una pila de 48 páginas en ese fin de semana –un libro nuevo, con nuevos títulos y nuevos héroes- para ser creado, escrito y dibujado entre las 6 del viernes y las 8,30 de la mañana del lunes. Las prensas (impresoras) estaban reservadas para las nueve”. Claro, uno no puede dejar de imaginar qué tipo de producto podría resultar de eso, pero en fin, no rompamos el encanto que aquellos tiempos pioneros siempre generan.

                                                                      Carlos R. Martinez       

   (*) Famosa película de los Hermanos Marx.

 

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