Fines de mayo o comienzos de junio de 1966. Había terminado el curso presencial en la Escuela Panamericana de Arte y -ya al filo de los 20 años- era hora de ganarse los primeros mangos con el lápiz. Dado que ello  solo era posible en Buenos Aires armé un bolsito y partí desde Arrecifes  en procura de cumplir mis expectativas. Apenas llegado publiqué un aviso clasificado de dos líneas (el presupuesto no daba para más)  y tuve suerte, esa misma mañana sonó el teléfono de la pensión de la calle Moreno donde me había instalado.  No recuerdo si ese mismo día o el siguiente rumbeaba para Villa Urquiza con mi carpetita de muestras bajo el brazo a efectos de concretar mi primera entrevista laboral. Poco después ingresaba en carácter de ayudante, tirando a cadete, del Departamento de Publicidad de la empresa Packard Ralph Mengel, fabricante de las lapiceras 303 y Sheaffers.  

    moya La fábrica estaba en la calle Avalos, entre Juramento y Mendoza y nuestro lugar de trabajo no era cualquiera: se trataba de un amplio espacio con grandes ventanales y con vista a un jardín, instalaciones que habían pertenecido  a una galería comercial con entrada por la avenida Triunvirato. Debajo nuestro, en la planta baja, estaba el comedor de los empleados  y a media mañana nos empezaban a llegar los aromas provenientes de la cocina, manejada con mano de hierro por una señora de nacionalidad polaca que,   quizá añorando el frío de su lejana patria, nos preparaba en pleno enero una sopa de tomate que nos hacía transpirar a mares, aunque luego se reivindicaba  con un generoso plato de fiambres (leverbush incluido) o un buen bife con ensalada. 

       Originales de afiches realizados con aerógrafo, una gran colección de la revista Gebrauchsgraphik  (que quiere decir algo así como arte gráfico aplicado) y material realizado por distintas agencias de publicidad eran algunos de lo “tesoros” que albergaba aquel enorme estudio, el mismo donde me mandé las primeras macanas de principiante, donde aprendí a armar originales con  cemento de zapatero y aflojarlo con benzina,  o luchar con las hojas de Letraset para que no se rompieran las letras. Bajo la guía primero de Hector Serrano (miembro de una familia de dibujantes) y luego de Mario  Iriani, hacíamos entre otras cosas el diseño de envases y principalmente de la cartelería para puntos de venta. 

        El trabajo que producíamos allí no era para figurar en ningún anuario de publicidad,  el sueldo nada del otro mundo (suficiente para pagar la pensión y alguna pilchita)   y viajar desde el Centro una odisea cotidiana, pero pese a todo el año y medio transcurrido en aquel  empleo permanece entre mis mejores recuerdos. No por desagradecido sino por afán de superación, un día mandé el telegrama de renuncia, le dije adiós al estudio de grandes ventanales y las callecitas de Villa Urquiza  y me fui a explorar nuevos  rumbos. Pido disculpas por haber traído este  recuerdo personal pero, en el Día de la Publicidad, me pareció   una manera adecuada de celebrar lo que -con sus luces y sus sombras- ha sido mi profesión a lo largo de más de cuarenta años.    (Carlos R. Martinez) 

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