Robin Wood: “Soy escritor de historietas, sigo siendo el seannachie”

Guionista, creador de personajes míticos como Nippur de Lagash y Dago, Wood cuenta que así lo llamaban en la colonia socialista donde pasó su infancia: seannachie, el contador de cuentos. Descree de la historieta política, polemiza con sus referentes y critica la destitución de Lugo en Paraguay, país en el que nació.  “¿Qué clase de democracia es esa?”, se pregunta.  

Por Horacio Bilbao

El historietista Robin Wood (1944), a esta altura un ciudadano del mundo, pasó por la Feria del Libro Infantil de Buenos Aires y habló de sus mega éxitos Nippur de Lagash y Dago, que siguen con vida después de treinta años éxitos. Ahora vive en su Paraguay natal (en la Argentina pasó diez años, primero en un orfanato y luego trabajando) Pero también habla de sus diferencias con la izquierda intelectualizada en los 60, de la historieta como género y de la actualidad. “No soy autor de literatura ilustrada, soy creador de historietas, y con orgullo”, dispara. Se declara fanático de las memorias de Casanova, “un gran escuchador de chimentos” y todavía se sorprende por la fidelidad de sus lectores, que incorporan sus personajes a su vida.

Mientras despunta la charla, Wood coquetea con la moza del hotel, averiguando las posibilidades de que una mujer hermosa ame, por ejemplo, a un jorobado. Ella le dice que es posible, y le nombra a Jean de Florette, la película francesa. “Se da cuenta, toda la gente es interesante”, se sorprende este hombre cuyas creaciones han sido famosas por más de cuarenta años. Está leyendo una biografía de Giuseppe Verdi y no es casual.  Cuenta que lo llamaron del teatro Regio di Parma, en Italia, para festejar los 30 años de Dago, una de sus más famosas historietas que allí sigue siendo un éxito. “Me pidieron que hiciera una saga, que combinara a Dago y a Verdi. Hay 500 años de diferencia. Sugirieron que era difícil, alguien dijo imposible, la palabra mágica. Al día siguiente les devolví el llamado. Ya estaba resuelto”, dice Wood. Y ya está abierta la charla. (Proyecto Dago / Verdi/ ver video)

¿Por qué Dago es tan exitoso en Italia y no en América latina?

Dago nació en Italia, y se mantuvo. Pero cuando empezó aquí, rápidamente se discontinuó, porque quebró Columba, la editorial que lo publicaba.

¿Esta nueva serie será una historieta tradicional?

Sí, es lo que yo hago.

Bueno, también es guionista de cine, TV…

Sí, sí. Pero cuando aquí la izquierda intelectual decidió meterse con la historieta, la llamó literatura ilustrada. Me invitaron a sumarme al grupo. Pero no tengo nada que ver con literatura ilustrada.

¿De quién está hablando, de Oesterheld por ejemplo?

Los nombres no vienen al caso. Pero con él hablé una sola vez en mi vida, y por cinco minutos. Eran muchos. Uno me dijo: hay que enseñarle al pueblo a pensar. Yo les respondí que hasta el último retardado mental sabía pensar. Y que lo que ellos querían era que la gente pensara como ellos.

¿No reconoce una función social y política de la literatura o de la historieta más allá de la estética o del entretenimiento?

Para el que quiera buscar los significados, los significados están allí. Con la literatura, con la religión, con todo. Pero muchas de esas cosas son equivocadas. Y de allí salen frases como la del pueblo unido jamás será vencido.

Eso tiene otro sentido…

El pueblo nunca ha estado unido, siempre hubo dos facciones. Son solo palabras, como las de la literatura ilustrada. Muchos se disculpaban por hacer historietas. Nos gustaría hacer otra cosa, decían. Pues si quieren hacer otra cosa, hagan otra cosa.

Lo veían como un género menor…

Sí. Decían que trabajaban en una editorial. No. Dibujaban historietas. Yo soy historietista y estoy orgulloso de lo que hago. Y se lo complicado que es, sobre todo hoy.  

¿Por qué?

Guionistas de historietas hay muy pocos. Italia, Francia, Alemania no los consiguen. Hay más dibujantes que guionistas. En Europa, conocidos, modestamente, los que estamos al tope, somos seis.

Su formación como guionista ha sido muy curiosa. Se dio que de joven conociera a un gran dibujante, como Luis Olivera, y que con él compartieran todavía un gusto más curioso: por la historia sumeria. Hoy, salvo a través de los videojuegos, es improbable que dos chicos como eran ustedes se vieran atrapados por la historia sumeria, ¿puede surgir un guionista de la manera que lo hicieron ustedes ahora?

Puede surgir un guionista de cualquier parte. No te olvides, yo tengo hasta quinto grado formalmente. Extraoficialmente crecí entre sajones, irlandeses, que leían a Shakespeare allá en la colonia en Paraguay. Y yo me tragué todo eso…

¿Quién lee a Shakespeare hoy en un barrio marginal del Paraguay?

Nadie. Ni siquiera hablan castellano. Hoy creen que la cultura entra fácil, y no es así. Y vuelvo a las diferenciaciones. Creían que leer libros es de intelectuales. Como me decían sobre El Eternauta (de Oesterheld) Ah, eso sí, es como leer libros… Ese es un complejo que se ve mucho entre los porteños. “No, yo, solamente Freud, Tolstoi…” No se, yo vengo de otro background, no tenía formación pero leía mucho. Después me metí en la aventura y llegué a la historieta por casualidad, como veo que ya sabés.

¿Y cómo fueron esos orígenes en la colonia socialista, donde creció?

Crecía en ese ambiente, hasta los 6 o 7 años. Me marcó. Parece que de chico ya contaba historias, cuentos que iba creando. Por eso me llamaban Seannachie, que en gaélico era el relator, el que contaba los cuentos.

¿Esa impronta socialista utópica de su padre provocó en usted el efecto contrario, este alejarse de la ideología y la política en sus trabajos?

No tenía ninguna ideología. Una de mis pocas virtudes es haber sido observador, analista. Y he sido voluntario para irme a Israel, en la guerra.

¿Por qué?

Había leído mucho sobre Israel, y luego me interesé mucho sobre el Estado de Israel. Pero también quise alistarme en la Legión extranjera cuando estaba en Europa. Y cuando estaba aquí, muy pobre, quise alistarme para ir a pelear a Vietnam, del lado de los americanos. Quería salir, ir a ver el mundo, vivía encerrado en una fábrica, trabajando 12 horas por día, me cagaba de hambre y dormía en una pensión. Esa era mi vida, apaciguada por los libros que devoraba en la biblioteca y por los programas de tres películas que miraba en el cine. Hasta que se dio lo de la historieta y me fui. Me compré una mochila, una máquina de escribir y un pasaje a Nápoles en un barco carguero.

Ahora, que curioso, a la distancia quizá podamos ver que los bandos que eligió para alistarse en el ejército, han derivado en desastres políticos… Vietnam, Israel, ¿cómo se ve a usted mismo, buscaría pelear en esas guerras hoy, con el aprendizaje que ha tenido usted en todos estos años? ¿No tiene una mirada política tampoco sobre esos hechos?

No. Se que lo de Vietnam fue un disparate. Pero decime vos una guerra que no sea un disparate. Una sola guerra que se pueda considerar justificada. La guerra es un desquicio moral.

Entraríamos en una discusión larga, pero dejándola de lado, usted quiso alistarse…lo que me interesa es que frente a la guerra, tarde o temprano, uno toma una posición…

No necesariamente. Pero el gobierno de Hanoi, hoy en día, no es un avance frente a otros gobiernos. Yo soy un devoto de la historia, me encanta leerla. Y llego a la conclusión de que las guerras no cambian nada. El patriotismo, el fanatismo que hace marchar a la gente bajo distintas banderas, ha matado a más gente que la peste negra.

Después podemos volver sobre los temas más políticos, pero me gustaría conocer su mirada sobre el lugar que ocupa hoy la historieta latinoamericana…

Los mejores dibujantes que hay en Europa en este momento son todos latinoamericanos. En mi empresa, que produce historietas, guiones de cine y demás, los 40 empleados son latinoamericanos. Bueno, hay uno que es catalán. No lo pensé como una cruzada, simplemente me manejo mejor con ellos.

Hablábamos recién de Columba, ¿cómo explica usted el derrumbe del mercado editorial de la historieta? ¿Es ese un fenómeno global?

Es otra progresión. Piense, en aquella época, la idea de Columba era que una persona leía la historieta y la tiraba. No. Las coleccionaban. En las conferencias me traen pilas de revistas para que se las autografíe, revistas que tienen 30 o 40 años. Columba fue el último gran gigante. Pero hoy en día, en Europa, se hacen publicaciones de lujo, con tapa dura e impresión color. Son libros de historieta que van a parar a la biblioteca, no se tiran. Es arte ilustrado.

Pero ya no venden 500 mil ejemplares como lo hacía Columba… ¿Cuánto tuvo que ver la televisión, Internet?

Eso es un error. No cambias un arte por otro. Cuando salió la televisión decían que el cine moría, y está más vivo que nunca.

¿En que etapa está el proyecto de llevar Nippur al cine?

Va bien. Me reúno con Enrique Piñeiro. Le hice una sinopsis de cómo veía el proyecto y le gusto. Me pidió que hiciera el guión de toda la película y ya se lo entregué. El resto es todo de él, pero yo estoy para cualquier idea o consulta. De Piñeiro me gusta que para él, la palabra imposible no existe. Se puede fracasar, pero hay que probar. Yo soy igual, si buscara el 100 por ciento de seguridad, no haría nada. Amo mi trabajo, soy un escritor de historietas, sigo siendo el seannachie.

¿Podría hacer historietas sobre personajes actuales?

No. Todos están en política o en deportes. Hay una necesidad del pueblo de tener ídolos. Necesitan tener algo que adorar. Eso sí es malo.  

¿Está reñido con la fantasía, que es el motor de sus trabajos?

Totalmente. Si ensalzamos a alguien, jamás aceptaremos que pueda equivocarse. Tiene que ser Alá, Dios.

¿Y qué es la fantasía para usted, para sus trabajos?

No lo puedo definir. Pero implica reflejar cosas que no son imposibles. Es simplemente dejar volar las ideas. No hay que fabricar seres artificiales, tienen que ser humanos. Eso explica porqué mis personajes son tan queridos y seguidos. A pesar de la distancia en el tiempo, de la distancia entre civilizaciones, se leen como historias humanas, cosas que le pueden pasar al lector.

¿Ha conocido personajes similares a Nippur el errante el incorruptible… en su vida?

Muchos. Son los que se apartaron del control de la sociedad y se pusieron a vivir su vida. Lo que los hacía diferentes era que eran, en cierto modo, proscriptos. Por propia decisión, no querían someterse a las reglas de la sociedad. Podríamos citar a muchos artistas. Modigliani, Rimbaud, Monet…Todos fueron destruidos por su forma de ser, pero eligieron esa destrucción.

Vuelvo a la arena política, usted que vive en Paraguay, que nació allí, ¿cómo evalúa este golpe institucional que terminó con el desplazamiento de Lugo y la asunción de su vice?

Es una ridiculez. El cáncer de Paraguay es el Senado, los diputados, los jueces. ¿Usted sabe que los jueces de la Corte Suprema son inamovibles? Solamente muertos dejan el cargo. ¿Qué clase de democracia es esa? Los proyectos de ley van a diputados, luego a senadores y terminan en la Corte, que generalmente los rechaza. Ningún proyecto puede convertirse en ley. Y si pasa, se aprueba, es muy difícil aplicarla. Paraguay está sentenciado por ese cáncer que es su clase política. Y el pueblo no se rebela.

Me decía que volvió a casarse, ¿ha decidido asentarse en Paraguay?

¿Por qué debería asentarme? Ahora estoy estudiando dónde vivir. Yo me casé dos veces, la primera con una danesa encantadora que me dio cuatro hijos. No entiendo cómo. Lo digo porque nunca me gustaron los chicos y el matrimonio menos. Probablemente fueron mis viajes lo que jodió la relación. Nos separamos, pero me llevo bien con los chicos. Después conocí a Graciela, que además es quien maneja mi empresa, y hace unos meses nos casamos. ¿Qué hay para perder? Pero mi forma de vivir fue siempre viajar, conocer, escribir. Hacer lo contrario sería jubilarme. 

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