INTRODUCCION

 La siguiente nota fue escrita en octubre de 2009 luego de una visita a la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional. El destino de ese material era la revista digital El Historietista pero cuando su responsable -Walter Vazquez- fue a tomar las correspondientes fotos las revistas no pudieron  ser ubicadas. Ahora, el hallazgo casi fortuito de una nota escrita por Emilio Corbiere (nota de la cual hablaremos en los próximos días)  nos permite disponer de tres imágenes con las cuales ilustrar mínimamente este artículo  acerca de títulos frecuentemente citados cuando se habla de la historia de la historieta argentina, pero de los cuales se conocen muy pocos detalles.

EL ARQUEOLOGO DE LA HISTORIETA

    Desde cierto punto de vista, la historieta argentina podría compararse con esas civilizaciones o imperios que tras una época de esplendor ven llegado el momento de su ocaso, quedando de ellas –muchas veces ocultas- los vestigios de su pasada grandeza. No es que se desmerezca aquí el esfuerzo de quienes siguen esforzándose para escribir, dibujar y editar historietas, pero admitamos que aquellas épocas de tiradas millonarias y de quioscos tapizados de revistas de dicho género difícilmente vuelvan.

     Si se acepta lo dicho y el carácter casi “arqueológico” que reviste hoy gran parte de la historieta nacional no es raro que existan personajes como mi amigo Indiana Comics, precisamente una especie de arqueólogo que, sin látigo ni revolver pero provisto si de una buena lupa,  afronta toda clase de riesgos (los ácaros que pueblan las páginas amarillentas, la cara de pocos amigos de ciertos puesteros que venden revistas usadas, los precios siderales que cobran en algunos lugares por material de cierta antigüedad, etc.) buscando esas joyas escondidas o muy raras que supieron forjar los artesanos de la historieta argentina.

    Hecha esta breve presentación me permitiré narrarles una de sus últimas aventuras en el transcurso de las cuales este intrépido aventurero descendió hasta el subsuelo de la Biblioteca Nacional en busca de algunas gemas de la historieta argentina que alberga la Hemeroteca de dicha institución: las revistas Mustafa, Pololo y Bicho Feo. Respecto a este último título valga aclarar que se trata de una publicación de los años cuarenta y no de la revista homónima de la década del sesenta cuyas páginas abundaban en señoras tan pulposas como desvestidas, aclaración ésta hecha en defensa del buen nombre y el honor del nuestro investigador.

   Sucede que desde la época en que decidió ingresar al mundo de la arqueología  (¡perdón!, de la investigación de la historieta argentina), el amigo Indiana había escuchado hablar de estas revistas, especialmente de las dos primeras,  pero sin jamás haberlas podido apreciar ni siquiera en fotos. Fue así que para saldar esa deuda pendiente Indiana abordó días atrás un ómnibus y cruzando los dedos para que el viaje no se viera demorado por alguno de los miles de cortes de rutas que alegran la vida de los argentinos, comenzó a desandar los casi 180 kilómetros que lo separaban de su objetivo.

      Llegado a Buenos Aires y luego de recorrer varios lugares donde habitualmente suele escarbar en busca de material, nuestro héroe (es un decir) llegó hasta la Biblioteca Nacional. Tras llenar una primera ficha  con sus datos descendió hacia la Hemeroteca donde, previo informarse sobre el procedimiento de consulta, pasó a otro mostrador en el cual le indicaron que debía llenar una tarjeta por cada titulo que pidiera, requisito que cumplió  sin chistar aunque envidiando a sus colegas mejicanos que disponen de una Hemeroteca virtual, por lo cual con un simple click acceden desde donde se encuentren al material de las revistas que buscan.

    Pero, en fin, lo cierto es que Indiana entregó la primera tarjeta, escuchó luego el ruido de algo similar a un montacargas que llevaba su pedido hasta las entrañas del edificio y, tras una breve  espera, el amable empleado de la sección puso en sus manos el primero de los tesoros…una importante cantidad de ejemplares de la revista Mustafá correspondiente al año 1933.

 POLOLO Y MUSTAFA

 Casi sofocado por la ansiedad nuestro amigo tomó el material, fue hasta una de las mesas de lectura y con manos trémulas comenzó a desatar el hilo que sujetaba los ejemplares y las correspondientes tapas de cartón, tras lo cual y con infinito cuidado fue dando vuelta las  páginas mientras febrilmente iba tomando notas. A ojo calculó que el tamaño era similar al de El Tony de las primeras épocas, es decir de 27x 34 cms aproximadamente y que cada ejemplar contaba de 16 páginas. Como editor de la revista figuraba Editorial Florida que, según datos del dibujante y guionista Mirco Repetto (que colaboró en ellas)  pertenecía a los hermanos  Silas o Sillas, responsables también de Pololo.  Por los nervios y la escasez de tiempo olvidó verificar cuantos años llevaba la publicación, aunque dedujo que sería inmediatamente posterior a El Tony, es decir de 1929 ó 1930.

    En cuanto al material según pudo apreciar Indiana era casi exclusivamente importado, compuesto por narraciones, entretenimientos, humor escrito y dibujado e historietas “serias” con títulos como “Huérfanos del mar” ó “Compañeros de aventuras”, dibujadas todas  con este estilo de dibujo a pura pluma  que le hizo evocar el libro con el cual estudiaba Inglés en el  Secundario.

Carlos Clemen en 1948

   En medio de todo ello el único aporte local (al menos identificable) era la serie  “El comisario Piolita y su ratón” dibujada por Carlos Clemen,  un veinteañero que iba camino a convertirse en uno de los fundadores de la historieta argentina. Posiblemente de haber examinado ejemplares posteriores podría haber encontrado trabajos de Enrique Rapela, otro prócer del género que seguramente no guardó un buen recuerdo de su paso por esa revista ni de sus dueños, a los cuales nunca les pudo cobrar sus trabajos, según lo recodaría luego en la revista Dibujantes.

"Pulgarcito" (según Lipszyc), trabajo de Clemen de 1932

    Corrido por el reloj Indiana terminó de hojear los ejemplares de Mustafá, volvió al mostrador y puso en una nueva tarjeta la palabra Pololo. Minutos  después regresaba a la mesa de lectura con un tomo de la citada revista que, según pudo comprobar, era gemela de la anterior en cuanto a tamaño, material y cantidad de páginas, algunas de las cuales –especialmente las tapas- estaban impresas en un violeta intenso. Nuevamente  Carlos Clemen era quien ponía la cuota de material nacional con tiras como “La barra de Pipiolo” (o “Pipiolo” simplemente), “Pulgarín” y “Don Cirilo Blanco”, a lo que sumaba viñetas para ilustrar el folletín “Dick Turpin”, dibujos  que firmaba con uno de sus tantos seudónimos: José Llanos o simplemente Llanos.

                                                                       Carlos R. Martinez

!No se pierdan el próximo episodio de esta apasionante aventura de Indiana Comics en la Biblioteca Nacional!

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