En la penúltima nota de esta serie dedicada a homenajear a Juan Arancio con motivo de sus inminentes 80 años, recorremos a través de su propio testimonio el momento de su llegada a Buenos Aires y a Columba, las impresiones respecto al medio en que trabajaba y sus colegas, y finalmente la decisión de dejar la historieta para dedicarse por entero a la pintura. Estos pasajes  han sido tomadas de la maqueta del libro “Juan Arancio, pintor de la isla” que realizó el documentalista Jorge Prelorán.

  

Album Intervalo, 1965

  (…) Un día, de antojo nomás, junté el material de historieta que tenía, la cargué en una valijita que me había hecho y me llevé todos esos dibujos a Buenos Aires. ¡Era la primera vez que iba! Así fue como llegué a la Editorial Columba, que publicaba las revistas El Tony, D’Artganan, Fantasía, Intervalo. Claro, desconocía, digamos, y caí a eso de las 8 de la mañana a golpear allá; pero estaba todo cerrado y me senté en el umbral. Al tiempo cayó una señorita; le expliqué a que venía, y me dijo: -Déjeme los dibujos y dé una vuelta por ahí; vaya a conocer Buenos Aires, y después venga y le damos una contestación. (*)

    Le dejé la valijita con los dibujos y todo, pero como yo era pajuerano, desconocía como era eso y daba vueltas a la manzana, siempre volviendo por ahí para no perderme…Cuando al fin llegaron me presenté con ellos; me esperaban con mis dibujos en la mano Ramón Columba y el Director Artístico, un tal Presa, que era tartamudo. Quisieron saber cuánto yo pretendía ganar, y les dije “Lo que ustedes acostumbren”…Me dijeron. No recuerdo cuánto habrá sido, ¡pero era una fortuna! ¡Me quería volver a pie de la alegría!

D'Artagnan, 1966

 

D'Artagnan, 1971

Con esa plata pude convertir mi rancho en una pieza de ladrillos, y pude ayudar a mis hermanos, que trabajaban salteado (…) Y ahí entré a trabajar en la revista El Tony, por el tema mío que era histórico. Todo lo histórico lo hacía yo.

     Viajaba a Buenos Aires cada diez días para llevar las historietas. Entregaba y cobraba. En fin estuve ilustrando mucho en libros y revistas, pero siempre volvía a la isla…Es que cada tanto me daba ganas de pintar esos temas: la vida y las costumbres del islero. (…) Por un tiempo –cuatro años- viví en Buenos Aires, porque mi señora quiso estudiar periodismo. Allí escuchaba presentaciones de Jorge Luis  Borges, Ernesto Sábato, Julian Marías, Dalmiro Sáenz. A Borges le ilustré un ensayo sobre el Martín Fierro.

     Lo cierto es que me estaba haciendo un nombre en el ambiente de la ilustración, y como había muchas revistas en ese entonces, los editores estaban siempre buscando buenos dibujantes. Lo mismo pasaba con las grandes agencias del mundo como la editorial Scorpio de Milán (N. de la R: Eura) o los estudios de Walt Disney. Ellos tienen gente que van buscando, y si hay como quien dice buenos hacedores, tratan de pagarles más para obtenerlos.

       En el gremio, todos los dibujantes que trabajábamos en la Argentina nos conocíamos. José Luis Salinas fue considerado por otros dibujantes entre los mejores del mundo. Me solía invitar a su casa. Cuando yo llegaba dejaba de trabajar para charlar conmigo. Le gustaba conversar porque yo siempre le contaba cosas de acá; y a mí me emocionaba mucho las cosas que el hacía. Lloré mucho cuando murió, era un tipo maravilloso(…) Conocí también a Carlos Roume. ¡Hacía saltar las imágenes del papel!

      Durante unos 30 años   me gané la vida haciendo historietas, pero la verdad es que me llamaba más el pintar. Un buen día –allá por 1980- dejé de dibujar profesionalmente y me dediqué exclusivamente a pintar. Es mi verdadera pasión. A lo largo de estos veinte años me he dado el lujo de vivir de mi arte, y mejorar considerablemente por el sólo hecho de pintar todos los santos días de mi vida. Considero que mi trabajo ha sido siempre para mejorar la sociedad en que vivo. Aún en un entretenimiento tan popular como la historieta, los cuentos que yo dibujaba tenían un contenido moral, una moraleja positiva como ejemplo de cómo se debe vivir en sociedad. Eso lo tengo bien claro.

(*)   Dado que Arancio afirma que la visita a Columba fue su primer viaje a Buenos Aires, debe suponerse que otros trabajos suyos los envió desde Santa Fé, como debió haber sucedido con la adaptación de “Las cuatro plumas” que presentamos en la segunda nota de esta serie. En esa primera etapa de su carrera realizó también ilustraciones para las tapas de la revista 10 cuentos y una platea (1953), colaboraciones  en Poncho Negro y Justy (esta última en 1956), viñetas en la revista Odiselandia en 1958 y un año después en Corso Pete publicó su personaje “Terry Dick”. 

   Respecto al año en que llegó a Columba, el afirma que estuvo con Ramón Columba, quien falleció en 1959, por lo que debió ser antes de esa fecha, salvo que se refiera a Ramón Columba hijo. La última acotación es que -sin querer corregirle la plana al protagonista- nosotros “descubrimos” a Arancio por sus trabajos en Hora Cero y Frontera Extra a partir de mediados de 1959 y luego sí en las revistas de Columba. (CRM)

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