En la tercera entrega de esta serie de notas dedicadas a Juan Arancio en el mes de su 80º cumpleaños  recorremos los años de su niñez, del descubrimiento de su vocación por el dibujo y la historieta y de dos de sus trabajos iniciales: Terry Dix (así lo denominó inicialmente) y Santos Bravo. El testimonio en primera persona que reproducimos (y varias de las imágenes) corresponden al libro “Juan Arancio, pintor de la isla”, ya mencionado en la presentación de esta saga.

  “Me llamo Juan. Juan Arancio, a secas, sin segundos nombres. Eran 10 chicos que tenían mis padres, y el anterior a mí, el mayorcito, se llamaba Antonio Américo Arancio. Tal vez mamá, cansada de colocar tantos nombres, me puso Juan, rápido, para cerrar la libreta así nomás y mandarse a mudar del Registro Civil. ¿No es cierto? Algunos me dicen “Carica” de apodo. Seguro porque cuando chico decía a todo que “stá rica”.

 Acá frente a la ciudad de Santa Fé no es el río Paraná: son más bien los recodos que forma el río Paraná. Son muchos ríos, que a su vez tienen recodos y van formando isletas. Estas islas tienen muchos nombres (…) claro que son nombres que les pone la gente de acá, ¡No los vas a encontrar en los mapas!

    (…)  Vengo de una familia humildísima. Soy el último de 10 hermanos (…) un hermano mío y un vecino se pusieron a pescar en la isla, y se venían a vender lo que pescaban a los acopiadores, que los esperaban en Punta Baradero (…) El me llevó a la isla, y de a poco comencé a enamorarme de ella. Tenía seis años cuando la pisé por primera vez, y jamás la dejé. Mi infancia transcurrió así de los seis a los ocho años, y así fui conociendo la isla. La infancia marca al hombre, y el vivir en la isla me marcó para siempre. Para un chico conocer todo eso es algo maravilloso. Esa libertad es incomparable. 

   Para mí, los momentos más significativos han sido aquellos de la infancia. Todas esas vivencias acontecidas en la isla perduran tatuadas en la memoria como instantes milagrosos, en que se van descubriendo los misterios de la vida, simples misterios que requieren sólo de la capacidad de contemplación. Así es como se aprende en el Gran Libro de Dios que es la Naturaleza.

    Fue allí con esos seis años, que me ponía a jugar en la arena de la costa con un palito, a dibujar perritos, patos, cajones, cosas que se me ocurrían en ese desplayadito de arena. Ahí es que surgen las vocaciones, porque tal vez si hubiera nacido para ser poeta, hubiese escrito algún verso.

Ya con edad para ir a la escuela, contra mi voluntad me trajeron a la ciudad para cursar la primaria. Pero aquella vocación por el dibujo se fue acrecentando, y se perfeccionó por  obra y gracia de mi perseverancia. La necesidad de crear era tan intensa como lo es ahora.

    Papá vivía de changas. Estaba siempre rondando por el mercado de abasto a ver si alguien necesitaba llevar o traer cosas. Papá dormía la siesta debajo de una galería de glicinas que teníamos en el rancho de casa, y el me decía que lo levante a las dos de la tarde que tenía una changa. Entonces, para pasar el rato, lo dibujaba a él ahí durmiendo. Pero después, por hacerlo de memoria nomás, me daba vuelta y volvía a dibujarlo. No miraba ni el dibujo ni a mi papá; y lo hacía de memoria, ahí mismo, sin mirar. Era un juego que yo hacía.

    En la escuela daba la sensación que sobresalía en eso porque ya me había hecho de cierta fama: -Ah, ese flaco, ¡cómo dibuja! (…) Un día me día cuenta que no podía vivir  sin dibujar. No hice el secundario, pero por un año concurrí a la Escuela de Artes Plásticas…donde me aplazaban siempre en dibujo y en pintura. Por ello, confirmo la opinión de que soy autodidacta. Aprendí a dibujar de la mano de Dios, un Maestro al que siempre he respetado, violar sus reglas me parece una insolencia.

   Una vez, una hermana mía que vivía en Rosario me trajo un cartoncito en forma de paleta de pintor con seis colores primarios y un pincelito de cerda que no valía nada. Y ahí empecé a probar el color. Me gustó mucho el color, tal es así que a los 16 años empecé a usar óleo ¡Y me encantó!

    En el secundario me empezó a gustar la historieta. Me pasaba las horas dibujando, tratando de encontrar la forma correcta de representar los personajes y los animales en acción. Y también me era difícil volver a dibujar al mismo personaje una y otra vez, y que siempre se le pareciera. Lo que no me venía fácil era el colocar los textos, y en varios casos que aún tengo están todos los dibujos pero ninguna indicación de qué se trataba la trama…Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de cómo era el cuento que yo había imaginado… A los 22 años dibujé una historieta ubicada en el Oeste norteamericano, tratando de emular las revistas que se vendían en los quioscos, a ver si yo también las podía hacer… No tuve mucho problema con los dibujos, ¡pero mi ortografía era realmente desastrosa! Ahí donde pensé que haber sido mejor alumno en la escuela me hubiera ayudado mucho, ¡por lo menos en Castellano…!

Publicado en Fargo Kid, 1959

   En ese tiempo. El diario El Orden de Santa Fe se fundió, y las mismas máquinas las compró una compañía que sacó a la calle otro diario con el nombre de El Interior. Lo primero que hizo esta gente fue un concurso para tener una historieta local. Santa Fe es muy rica en historia. Yo tenía un personaje que dibujaba, que lo llamaba “El Gaucho Saverio”, amigo de Estanislao López, el brigadier santafesino. Cuando Belgrano pasó por aquí para llevarlo a López a la guerra del Paraguay, con su tropa y todo, hice que el gaucho Saverio lo acompañara. Aunque es un personaje ficticio, lo hago existir para narrar las vicisitudes de lo que aconteció en esa época, en ese momento.

    

El primer Santos Bravo

No bien el dueño del diario, Juan Lausse, vio mi historieta, se cortó el concurso y me tomaron. Después Lausse me sugirió ir a ver a Julio Migno, gran poeta de la costa nacido en San Javier. Y el me dice: -Mirá, los dibujos están lindos, pero no me gusta el nombre. ¿Qué te parece si en vez del gaucho Saverio, que suena medio agringado, le ponés “Santos Bravo”, un gaucho que yo conocí en el Uruguay?. De entrada me gustó Santos bravo, un nombre fuerte. Me encanta, le dije.

 

Frontera Extra, Agosto 1961

 Nota de la Redacción: Santos Bravo comenzó a publicarse en Frontera Extra en abril de 1961 en el número 30 (ó quizás en el 29, que no tenemos). El nivel de dibujo poco tiene que ver con lo que hacía Arancio para esa fecha, por lo cual puede suponerse que sea material publicado originalmente en Santa Fé y con guiones reescritos por Oesterheld, tal como aparece en los créditos.

 

 

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