LA HISTORIETA DEL “VIEJO” ELIO
Por Carlos Martinez

* Si hay algo que distingue a TOP-COMICS  respecto a otros muy buenos sitios que se ocupan de la historieta argentina es, en mi opinión, la gran cantidad de dibujantes de historietas que han sido y son evocados y comentados en sus páginas (o en sus pantallas, como se prefiera), lo que nos recuerda que hubo un tiempo en que la edición de revistas de historietas  convocaba a decenas, centenares tal vez, de profesionales, algunos de los cuales equivalían  para quienes leíamos esas revistas hace más de cincuenta años atrás,  a un crack de fútbol o lo que sería para un pibe de hoy una estrella del rock. Eso generaba también un afán de emulación, de querer dibujar como Pratt, como Breccia, como…, puntos suspensivos que pueden completarse con infinidad de nombres que poblaban aquellas revistas que eran casi nuestro primer libro de lecturas.-
     * Es precisamente de esa mística, de ese fervor por dibujar historietas  de lo que quiero hablar en esta nota que podría ser un homenaje al “dibujante desconocido” (aunque en este caso tenga nombre y apellido), el que representa a los miles que alguna vez alentamos la ilusión de ver publicados nuestros cuadritos y que por falta de condiciones, de perseverancia o de tantas otras razones no pudimos concretar. Es una anécdota mínima que, en virtud de sus características, me permitiré contar en primera persona y disculpando las referencias personales.
     * En marzo de 1965  aterricé en la Escuela Panamericana de Arte, cuyo Curso por correspondencia ya había realizado en forma paralela a mis estudios secundarios, recién terminados. De pronto estaba ahí, cara a cara con tipos como Garaycochea, Vieytes, Breccia, Pereyra, los ídolos que uno sólo conocía a través de sus dibujos o los folletos publicitarios de la EPA. Si me hubieran sacado una foto en ese momento mi expresión no hubiera sido muy distinta a la de un chico en su primer día de Jardín de Infantes.-   
     * Aquel curso iniciado en marzo de 1965  duraba doce meses y se componía de un trimestre dedicado a Publicidad (con Pablo Pereyra), otro a Humorismo (lo dictaba Garaycochea pero por licencia fue suplido luego por Jorge Martin, “Catú”, gran realizador de dibujos animados), uno de Ilustración con Breccia y luego volvíamos con Pereyra. Simultáneamente con el desarrollo de esas especialidades había clases de dibujo con modelo supervisadas por Oscar Novelle, de Perspectiva con Guillermo Dowley y de Composición con Alberto Castaño.
     *  En total seríamos unos cuarenta alumnos cuya edad promedio rondaba, salvo algunas excepciones, los veinte años. Entre esas excepciones estaba el verdadero protagonista de esta anécdota, Elio, que nos doblaba largamente en edad. Elio era empleado bancario y durante las charlas del grupo que se juntaba a tomar un café en el barcito de la Escuela o saborear unas porciones de muzzarella y el correspondiente moscato en una pizzería de la avenida Belgrano (la Panamericana estaba en Venezuela al 800) nos contaba su anhelo: el quería publicar una historieta, una sola, con eso estaba hecho, incluso nos sinterizaba la idea del argumento.-
     * Transcurrieron los doces meses del curso y salvo algún contacto ocasional no volví luego a encontrar a esos compañeros de estudios, pero siempre me quedó en la memoria el entusiasmo del “viejo” Elio por publicar su historieta y después cantar las hurras.  Años más tarde revolviendo revistas en un local  que estaba en Corrientes y Rodríguez Peña descubrí una cuyo título no puedo precisar (posiblemente una edición de Aventuras del Oeste que reciclaba material de épocas anteriores), y al hojearla me llamó la atención una de las historietas: ese argumento yo lo conocía de alguna parte. Llegué al final y ahí, casi escondida detrás de un texto estaba la firma del autor: De La Fuente, que como habrán podido adivinar era el apellido de Elio, el “viejo” Elio que, aunque con un dibujo tal vez tosco, se había dado el gusto de publicar su quizás única historieta, una de cuya páginas acompaña esta nota que insisto, quiere homenajear a aquella pasión por este género, pasión atenuada hoy por la falta de lugares donde publicar pero nunca extinguida. (Carlos R. Martinez-Arrecifes (B)-Enero de 2009).-
 
 

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