HERMENEGILDO SABAT
Dibujante, pintor, músico y más, desde 1971 aporta con humor su visión sobre la política argentina. Crítica social y modestia exasperada. (Entrevista de Cecilia Alemano)
 
Torpe, limitado, monótono, amateur, incapaz… Durante la entrevista que sigue Hermenegildo Sábat –75 años, “Menchi” para los íntimos– usa estos adjetivos para referirse a sí mismo. Y eso que en los últimos 37 años este dibujante, pintor, poeta, fotógrafo, docente y músico montevideano no hizo otra cosa que granjearse un lugar de honor en la cultura latinoamericana. Publicó unos veinte libros (el último de ellos “Que no se entere Piazzolla”) y con sus lápices, crayones y acuarelas dio vida en La Opinión primero y en Clarín desde 1973, a los principales personajes de la política nacional; dibujó vestidos de viudas a los cuatro dictadores militares, soportó las amenazas de Suárez Mason; pintó a un Menem aferrado a su sillón durante sus diez años de mandato; puso nervioso a Ruckauf y a algún otro funcionario menemista e irritó la mentalidad “progre” de Cristina Fernández de Kirchner, que este año creyó ver en su dibujo un mensaje “cuasimafioso”. En ninguna de esas ocasiones quiso pronunciarse sobre lo ocurrido.-
 
   
 ¿Por qué decidió no hablar respecto de lo que pasó este año con Cristina?
Porque no me gusta entrar en líos, nada más.
No habló en ningún momento…
No hablé ni pienso hablar.
Para muchos tener un trabajo público implica tener que dar explicaciones…
Mi trabajo es en el diario, no es hablar. Yo no hago dibujos con palabras. No tengo que explicar lo que hago. Sirve o no sirve.
¿Se define como un periodista sin palabras?
De algún modo sí. A los 15 años ya hacía mis dibujitos en diarios y semanarios. Después me di cuenta de que para entender lo que hacía tenía que pasar por unos años de trabajo intenso en periodismo. Fui redactor, diagramador y “titulero”. Llegué a ser secretario de redacción del diario más importante del Uruguay, pero cuando iban a confirmarme dije que no aceptaba.
Entró buscando una herramienta y le ofrecieron un lugar de poder…
Así fue. Y yo no sirvo para los lugares de poder. En ese puesto podían presentarse asuntos de necesidad empresarial, como despedir gente. Yo sirvo para muy pocas cosas. Soy un tipo muy torpe.
Es fácil decir eso siendo Sábat…
No… Se trata de algo sencillo: entender lo que uno puede hacer. Yo a esta altura no tengo que demostrarme nada. Nací con esta habilidad y la he desarrollado.
Bueno, son varias sus habilidades.
Insisto en que soy un tipo bastante limitado. Lo que hago… (piensa)… es lo que quise hacer. Eso es una suerte o una anomalía. No se sabe. Antes de que se me concediera esta posibilidad pasaron 37 años. ¡Una vida!
¿Cuándo se le concedió esta posibilidad?
 
Cuando entré al diario La Opinión, en 1971. Me cambió la vida. Venía de trabajar durante cinco años en agencias de publicidad, cosa para la que tampoco sirvo porque soy incapaz de vender nada. Cuando se nos ofrece la posibilidad de hacer lo que queremos, tenemos que protegerlo, jamás jugar a lo canchero.
Entonces suerte no fue…
Fue una suerte haberlo advertido. Además no sabía qué me iba a pasar en La Opinión. Ni siquiera conocía a (Jacobo) Timerman.
¿Y qué le pasó?
Trabajaba mucho. Algunos hasta escribían menos especulando con mis dibujos. Timerman llamaba a los políticos para pedirles disculpas por mis caricaturas. Después el Buenos Aires Herald se ocupó de la aparición de La Opinión con una nota sobre el tema. Decían que se parecía a Le Monde, sobre todo en la prescindencia de fotos. Y agregaban: “Teniendo a Sábat ¿para qué precisan fotos?”.
 
Su rostro de satisfacción apenas se deja ver porque suena el timbre y se para a atender. Es la hija del escritor Ricardo de Titto que viene a dejarle una copia de “La joya más preciada”, cuya portada estuvo a su cargo. Él sonríe, agradece brevemente y la despide. Su taller –un primer piso en la esquina de Irigoyen e Yrigoyen– es un oasis en pleno centro. Esta tarde las mesas de dibujo están vacías y el silencio es rotundo. Sobre las paredes hay pegados recortes de diarios y revistas con títulos notorios (quizás el más inesperado sea “Marilyn era mi modelo de mujer”, por Liz Fassi Lavalle); hay fotos de emblemas del jazz y del tango y frases escritas de puño y letra (como la de George Orwell: “Si la libertad significa algo, significa decirle a la gente lo que no quiere escuchar”).
 
   
 
¿No dudó en radicarse en la Argentina?
Bueno, en el ’61 fui invitado a quedarme en Nueva York por el humorista gráfico Al Hirschfeld –que retrata a gente del teatro (se supone que es el hombre que más obras teatrales vio en Estados Unidos, una institución)–. Todas las noches, su casa se convertía en un museo de gente famosa. Cuando no era Lawrence Olivier, era Gloria Vanderbilt o Marlene Dietrich, ese nivel de gente. Una vez él me dijo: “Hoy vamos a la casa de un coleccionista de celebridades” (“A collector of celebrities”). Y yo le contesté: “¿Por casa cómo andamos?”. Esa noche estaban Lauren Bacall, Henry Fonda, Joan Crawford… Me sentía como un gaucho en medio de ellos. Hubiera sido una vida de éxito y dinero, pero dura también, porque en Nueva York, como en Buenos Aires, enseguida te ponen en un nicho.
¿Cómo ve hoy a este país?
Muy frustrado. Hay una gran necesidad de éxito. ¡Es espantoso! Da la sensación de que vale todo. No es una sociedad madura.
En Uruguay le ofrecían un gran puesto y en Nueva York un buen pasar… Pero se quedó acá, con estos condimentos que menciona.¿Por qué?
Antes de entrar a La Opinión estuve ocho veces en la calle, no sabía si llegaba a pagar el alquiler. Con Blanca (su mujer) estábamos al borde de irnos del país. Después tuve esta suerte. Creo que es difícil medir una experiencia personal dentro de un contexto complicado.
¿Cuál cree que es el rol del artista en momentos de crisis?
Los artistas no pueden hacer la revolución, ni influir de manera decisiva. Son por lo general tipos subestimados a los que se ve como una carga. Está vigente eso de “¿Y este tipo de qué va a vivir?”.
Dijo lo que no puede hacer el artista, ¿qué cosas sí puede?
Apenas podés entender lo que estás haciendo ¿te vas a poner a hacer lo que no sabés? La vida es una película muy rápida y, como dijo (Aníbal) Troilo cuando murió Homero Manzi, no hay reposición.
¿Cómo es el proceso de una caricatura?
La idea es sacarles una punta humorística a las cosas sin repetirse. Trato de pensar. No especulo con defectos físicos, con nombres ni nada obvio. Hay que sugerir la posibilidad de una sonrisa y no decir nada en forma explícita.
En su caso eso fue siempre así, ¿no?
Fue algo a lo que me comprometí cuando entré en La Opinión. “Mis dibujos salen sin palabras”, dije. Y yo, Sábat, no incluí palabras en estos 37 años. ¡Ahora querría que fueran 37 minutos!
¿Qué contexto prefiere para sus caricaturas políticas?
Cuando una noticia repercute permite hacer lo que me gusta más a mí: una secuencia. El día en que ya no se publiquen dibujos políticos va a pasar lo mismo que en los Estados Unidos: los editores del gobierno aprietan a los dibujantes porque tienen miedo de que los aprieten a ellos. La caricatura política allá esta moribunda. A veces pienso que pertenezco a una raza que se extingue.
¿Lo desespera eso?
Me duele cuando la gente tiene conexiones con el poder. A mí en “Caras y Caretas” me enseñaron que se puede vivir y ser digno si te mantenés lejos del poder. Es difícil, pero se puede hacer. Estamos en una época de democracia que yo defiendo pero que de algún modo tiene más limitaciones que la dictadura, porque hay que defenderla. No olvidemos que la revista Primera Plana, con las caricaturas que ahí salían, derrocó a Arturo Illia. ¡Y era una revista semanal!
¿Es más difícil desarrollar su trabajo en democracia que en dictadura?
No, pero me impongo ciertos reparos.
De los humoristas gráficos actuales ¿alguno le gusta en especial?
No quiero dar nombres, pero admiro a los tipos admirables. El respeto es lo más importante, eso les digo a mis alumnos. La gente que quiere dibujar o hacer música busca ser esencialmente respetada.
Están los que buscan elogios…
Cada uno sabe el grado de necesidad que tiene. Yo no soy troglodita. Acepto algunos elogios, pero no vivo en función de ellos.
Se lo ve muy serio, ¿qué cosas lo hacen soltar una carcajada?
Con amigos la paso muy bien. Afortunadamente tengo buenos amigos a los que quiero y respeto.
¿Cómo es como abuelo?
Creo que muy correcto. Hoy me pasó una cosa con el más chiquito, Esteban, que tiene tres años. Le pregunté: “¿Y? ¿Tuviste algún sueño anoche?”. Me contestó: “No, porque estaba durmiendo”. (ríe con ganas). Me pareció extraordinario.
Toca el clarinete, ¿Qué lugar ocupa la música en su vida?
Quiero aclarar que soy un amateur. Este instrumento es maldito y fantástico a la vez. El autor Ambrose Bierce decía que hay dos instrumentos peores que un clarinete: dos clarinetes. (risas). Entran en juego la caña, la embocadura, la respiración…
Se puede decir que siempre buscó los caminos difíciles, ¿no?
Es posible.
¿Por qué el arte? ¿Por qué seguir leyendo, tocando, dibujando…?
Porque son las cosas que sé hacer. A esta altura no puedo dar marcha atrás. Estoy haciendo lo que creo saber.
¿Realmente cree convencer de que es un hombre limitado?
Lo soy. Quisiera ser un tipo más ilustrado.
 
HERMENEGILDO SABAT
Nació en Pocitos, Uruguay, en 1933.  A los 28 años se casó con Blanca Rodríguez, con quien tiene dos hijos, Rafael, de 32 años, y Alfredo, de 29. A los 15 años publicó sus primeros dibujos en el diario Acción de Montevideo. Allí aprendió el oficio de periodista: fue fotógrafo, redactor, diagramador y hasta trabajó en imprentas offset. Entre sus compañeros de trabajo estaban el escritor Juan Carlos Onetti y los políticos Zelmar Michelini y Julio María Sanguinetti.  Abandonó Montevideo en 1965, cuando lo nombraron secretario de Redacción de El País, ya que quería ser dibujante y no conductor de un diario (al que él mismo había ayudado a aumentar su tirada). Al llegar a Buenos Aires estuvo ocho meses en Editorial Abril. Renunció e ingresó en la revista Primera Plana, como ilustrador. Al mismo tiempo colaboraba con la revista Crisis. Pasó a trabajar al diario La Opinión, donde renunció por ser el único dibujante. Ingresó entonces al diario Clarín, donde desde abril de 1973 ilustra las páginas de la sección Política.  En 1988 ganó el Premio María Moors Cabot que otorga la Universidad de Columbia por los dibujos hechos durante la última dictadura militar.  En San Telmo tiene la Fundación Artes Visuales, donde dicta clases de arte. Desde 1990, dirige la revista Sección Aurea.  En noviembre de 1997, se realizó en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires la primera exposición retrospectiva de su obra con más de 150 pinturas y 120 dibujos originales.
LIBROS PUBLICADOS: Al troesma con cariño (1971). Yo Bix, Tú Bix, El Bix (1972). Scat (1974). Dogor (1979). Tango Mío (1981).
 
   
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