Andrés Cascioli
Enfrente del mítico Bar-o-Bar de la peatonal céntrica Tres Sargentos, dibuja en su estudio el caricaturista que alguna vez dirigió Humor, la mejor revista satírica del mundo, según un premio que recogió en 1982,  en plena dictadura. Los cuadros de las paredes reconocen la estirpe de su creador: están esa fantástica caricatura de Cortázar con su gato en blanco y negro, el muy bocón y colorido Orson Wells de labios gruesos, Borges convidando un rum-rum metafísico a Piazzolla.  Andrés Cascioli tiene la risa pintada a la cara como un amable anfitrión de conversaciones. Los anales de la prensa argentina recuerdan que su picardía tuvo el tino de crear Humor justo antes del Mundial ’78, cuando la censura por la Junta Militar hubiese desmentido ante el mundo su slogan-mascarada, “los argentinos son derechos y humanos”.
La revista tuvo una casta de escritores, guionistas y dibujantes de fábula: Dolina, Sasturain, Soriano, Grondona White, Tabaré, Trillo, Varela y Altuna. Tiras como El Dr. Cureta, Las Puertitas del Señor López o El cacique Paja Brava. Fue el moscardón de la Junta Militar. El sostén cultural de la primavera alfonsinista. El aguijón del menemismo que, por  su acoso judicial, tuvo que cerrar abrumado de juicios una semana antes de que Fernando De La Rúa asumiera la presidencia.
“Hoy, no hay publicaciones de humor, salvo Barcelona, pero es para un grupo de culto que jamás se va a integrar a la sociedad”, dice insoslayable el Tano Cascioli. Por ese desierto de publicaciones de humor político lo fuimos a buscar a Tres Sargentos. 
 
       
Alguna vez dijo que antes de los 40, Argentina era un país feliz, justamente por la cantidad de producción gráfica humorística. Ahora, el humor copó hasta los noticieros, pero no parece un país de gente feliz.
–Este humor no aporta nada. El humor está para encontrar errores y pegar ahí, muy fuerte, para que el gobierno los corrija, o para que la gente se dé cuenta de que hay cosas que se están haciendo mal. Cuando no hay revistas de humor, como en esta época, los grandes diarios no apuntan a los yerros para corregir, sino para herir y conspirar. Si una radio tiene como slogan “Siempre junto al campo”, y los avisadores son del campo, es evidente que trabajan para ellos. De Angelis citó al “General” refiriéndose a Galtieri. Ese tipo es una bestia que no tiene educación política. Lo caricaturizaron como un torito; yo lo hubiese dibujado como un chanchito granuja.
 
–Editó junto a Oche Califa La Argentina que Ríe, un libro que recopila las décadas de oro del humor gráfico argentino, 1940 y 1950. ¿Cómo se dibujaba entonces?
–Después del último Yrigoyen, aparece un dibujo más americano, que luego de los ’40 se refuerza con Paturuzú y Rico Tipo. Es un monito más argentino, más exagerado, más redondo. Con Perón se deja de hacer humor político y desaparece la secuela de Caras y Caretas. Salvo uno de los mejores caricaturistas del mundo, Lino Palacios, que en la Segunda Guerra Mundial hace chistes geniales sobre lo que pasa en Europa; Ferro, Blotta y Divito empiezan a hacer un dibujo con influencias de Estados Unidos.
 
–¿De Disney?
–Claro. Están más cerca del dibujo animado, más simpaticón. Pero también, los dibujantes empiezan a mirar hacia adentro. Hacen un estudio casi antropológico de las formas de vida de los argentinos. Aparecen personajes como Fúlmine, que alude al estereotipo del mufa; o Bólido, que se transforma en boludo y se usa hasta ahora. Tenían influencia en el lenguaje porque no había televisión. Vendían 400 mil ejemplares y llegaban a todas las casas.
 
–¿Por qué hoy han desaparecido las revistas de humor?
–Durante la época de Menem se perdió el lector que Humor formó en la década del ’70. Un ejemplo es que vendíamos más de 300 mil ejemplares, y más de 200 mil con Alfonsín. La revista del menemismo fue Caras, que vendía 400 mil. Mostraba una Argentina rica, del Primer Mundo, donde no había lugar ni para la protesta ni para la Argentina que sufría. Con Menem, el lector inquisitivo desapareció.
 
–¿Qué es un humorista?
–Son gente acostumbrada a luchar contra el poder todo el tiempo, a arañarlo, a ver dónde le pegan; en general son gente de izquierda. Un humorista se enfrenta a los que capitalizan el esfuerzo de los otros y se quedan con la mayor parte. Cuando vos estás en esa búsqueda empezás a entender, por lo menos emocionalmente, a los que sufren. Bandoneón, Dock Sud y después. A los cuatro años, Cascioli prefiguró la relación entrañable entre el sufrimiento y la poesía, o al menos su reflujo en forma de imágenes. En 1940, vivía en Dock Sud cuando hubo una gran inundación y vio el bandoneón de su padre irse navegando solito por las aguas sucias a la altura de la segunda planta de un conventillo. El viejo Cascioli había nacido en el Mar Adriático y laburaba en la Shell del Docke, pretexto suficiente para que el carbón de coque lo contaminara hasta la muerte. “Mi viejo era una maravilla, pero con el dibujo nada”, rememora el caricaturista. “Me descubrí dibujando por un vecino que me pidió hacer láminas, y me dijo que tenía talento.”
 
Cascioli se formó en dibujo y pintura becado por Gente de Arte, de Avellaneda, y estudió publicidad durante la colimba, porque había convencido a sus superiores de que mejor que mandarlo a Zapala era tener retratados gratarola a sus esposas e hijos. Con su primera publicación, Casco de Acero, conoció a Oscar Blotta, hijo del creador de Patoruzú y futuro socio en la revista que en 1972 hizo saltar la banca de la abulia gráfica post- Onganía.
–¿Satiricón fue un hito editorial. ¿A qué lo atribuye?
–El eje fue no tomarse el país en serio, nunca. Era un análisis satírico sobre lo que ocurría. El gancho de la tapa era la caricatura política. Si tengo que buscar una publicación anterior, con esas características, es Caras y Caretas, porque era una revista de interés general, como fue Gente. Tenía Política y Sociedad como las otras, pero con un aire socarrón implacable, que no creía en nadie. Los palos eran durísimos.
 
–En uno de los primeros números, hay un chiste de Caloi en el que están dos barbudos y uno dice: “¿Hacemos la revolución o una cama redonda”? Parece la ironía del “Bombita Rodríguez” de Capusotto, pero antes del ’76.
–Caloi recién se había pasado a las filas del peronismo. Lo dice desde Guardia de Hierro. Es una crítica dura a los intelectuales de izquierda porque, según él, había que marchar con los obreros. Después se comprometió mucho con esos grupos, y tuvimos un enfrentamiento muy fuerte durante el gobierno de Isabel Perón.
 
–¿Por qué?
–Por que él estaba con Isabelita, que me cerró la publicación. Luego, durante el gobierno militar nos cerraron Satiricón otra vez, en marzo del ’76, y tengo un reportaje a Caloi donde me acusa de gorila. Se entiende: desde el peronismo todo aquello que no es peronista, es gorila. Yo sufrí la Triple A. Nos cerraron Satiricón y Chaupinela. Y además en esa época ya habían desaparecido unas 900 personas. Perón tuvo responsabilidad en habernos dejado a Isabel y a López Rega. Voy a respetar al peronismo cuando reconozcan estos errores.
 
–¿En el ’83, Humor apoyó a Alfonsín?
–Sí, porque (Italo) Luder había firmado la defunción de gran parte de los que murieron durante la dictadura. ¡Y era candidato del peronismo para la democracia! Con él, los juicios a los Comandantes –que con Alfonsín se limitaron a nueve personas– no se hubieran hecho. Fue uno de los que había elegido a Videla como Comandante en Jefe del Ejército.
 
–Hay una tapa emblemática del ’81, con un barco hundiéndose con toda la plana mayor de la Dictadura y un barquito de madera con dos náufragos: Massera y Mirtha Legrand. ¿Humor se adelantó a la crítica del show biz?
–Legrand era amiga de Massera, estaba en canal 13 por él. Y cuando Palito Ortega le hace el gran homenaje con Frank Sinatra en el Luna Park, nosotros lo enfrentamos con un recital de los perseguidos de la dictadura, que duró cuatro días en el estadio de Obras Sanitarias. Mezclamos al Cuarteto Supay con Spinetta, al dúo Salgán-De Lío con  los trovadores de Rosario. Fue maravilloso. Se me pusieron los pelos de punta cuando con Pedro y Pablo las 5 mil personas se pararon y cantaron “La marcha de la bronca”.
 
–¿Qué se proponía la revista?
– Por un lado, ridiculizar a los milicos, y por el otro, hacer una revista de cultura. Los reportajes eran a científicos, y los escritores estaban todos: era el lugar porque ya no estaba La Opinión, de Timerman.
 
–Usted tiene una caricatura de Timerman en el hall del estudio.
–Nos salvamos de la dictadura por él. Por el quilombo internacional que armó con el libro Preso sin Nombre, Celda sin Número. Cuando la dictadura cumplió cinco años hicimos una tapa con una torta de cumpleaños que le tirábamos en la cara a Massera, Videla y Agosti. Les dimos un tortazo. Después de eso, nos fuimos para casa esperando lo peor. Y no pasó nada.
(Entrevista de Ezequiel Siddig)
 
ANDRÉS CASCIOLI Se inició en el diseño publicitario y el dibujo de historietas, dirigió agencias y títulos en esos campos. En 1972 fundó, con Oskar Blotta, la revista Satiricón y en 1978, Humor Registrado. En torno a Humor, dio vida a Ediciones de la Urraca, sello que editó más de un decena de revistas entre ellas El Péndulo, El Periodista de Buenos Aires, Humi y Fierro. A fines de 1980 la Biblioteca del Congreso de los EE UU adquirió cuatro de sus originales. En 1982 recibió por Humor el premio a la Mejor Revista Satírica del Mundo, en Italia. Ese mismo año la Asociación de Dibujantes de la Argentina lo distinguió como Caricaturista del Año. En 1996 creó para el Grupo de Revistas de La Nación "La Nación de los Chicos", y dos años después armó el proyecto y el equipo para la edición argentina de RollingStone. En 2001 creó y dirigió la revista El Cacerolazo, de Editorial Perfil. En 2005 editó La revista Humor y la dictadura, volumen que presenta las mejores páginas de esa revista legendaria en el período mencionado, y en 2006, 30 años de Humor Político, libro con su obra política entre los años 1976-2006. Expuso una muestra de este último material –-124 originales- en el Palais de Glace, Buenos Aires.-
 
       
 
       
 
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