EL DIBUJADO
Siguiendo con la recordación del Maestro Alberto “Tito” Breccia, hoy publicamos una nota escrita por Juan sasturain en la revista Ramona (Nº 36 – noviembre 2003) que, con mucho gusto, publicamos.-
 
Al Viejo le gustaba -o simplemente solíadibujarse. En los últimos autorretratos se (lo)veía diluido, la línea finita, quebradiza. Hasta que se quebró del todo. El jueves 11 de noviembre de 1993 -un día después que el dibujado se desdibujara- me pidieron que escribiera sobre lo que sentía o sabía sobre él. Es lo mismo que siento y pienso ahora, diez años después: La portada de la revista "Time" del 1º de noviembre hablaba -raramente- de "comics", esa forma prestigiosa o por lo menos norteamericana de nombrar a la historieta . El artículo -varias páginas centrales: texto principal y recuadros con protagonistas- pasaba revista al fenómeno universal de la trascendencia del género y a los autores de obra madura y adulta, descubría lo que los criollos de estas latitudes sabemos desde hace por lo menos cuatro décadas: los cuadritos dibujados y sucesivos que se suelen leer en revistas baratas o en los confines de los diarios pueden ser también vehículo adecuado para las obras maestras. Bien. Nadie necesita salir en "Time" para ser reconocido como bueno e importante -y en este caso al interesado / involucrado supongo que todo le importaba muy poco- pero vale la pena decir que uno de los pocos habitantes de ese equívoco cuadro de honor, con abundantes referencias a su obra, reproducción de dibujo a color y fotito inconfundible, era Alberto Breccia. Eso, hace unos días. Ahora se ha muerto, justo el ignoto Día del Dibujante, como recordó Dobal, memorioso ilustrador de efemérides: es increíble pero justo. Nadie más dibujante que el Viejo Breccia.-
 
                   
Porque le gustaba dibujar. Así de simple, como se dice de los pibes. La profesión no le quitó el gustito. Aunque solía pintar, en el fondo sólo lo hacía para soltarse, desautomatizar la mano; y aunque era un gran ilustrador -terminó, en los últimos días, una serie sobre los cuentos de Borges- amaba sobre todas las cosas la miseria y la gloria del relato en cuadritos, ahí donde debía dibujar. Tenía una relación saludable de amor / odio con la historieta, que lo aburría como lector y lo potenciaba como artista. Por eso trabajaba contra lo que veía, trabajaba contra su increíble facilidad, contra sus propias y ocasionales soluciones. Estuvo más de medio siglo encontrando respuestas diferentes para cada desafío: Vito Nervio es clásico; Pancho López es nuevo; Sherlock Time es la perfección y el límite de un camino; Mort Cinder es una revolución; El Eternaura y Lovecraft, sus definitivas versiones del horror; los colorines de los adultos cuentos infantiles y el Drácula, la dimensión irónica; y Perramus, las sombras y el claroscuro grotesco de los años terribles y lo que siguió. Era y es el Maestro. Junto con el tano Pratt marcó a todos y en especial a los mejores de nuestra generación -José Muñoz, Enrique Breccia, entre una decena de notables artistas- y ha dejado y deja huella universal por donde se publique. Y ya no le quedaba, casi, lugar sin publicar.  Era y es una referencia. Ineludible, inolvidable. Por eso algo -que es mucho- se muere, se empobrece con él. Uno sabía, aunque no lo frecuentara, que seguía en alguna parte haciendo lo suyo. Y eso bastaba. Había quienes creían que vivía en Europa pero no. El estaba ahí, en el estudio de Haedo, dibujando y dando clases como siempre, hasta que un año atrás, la enfermedad -el dolor- lo fue que brando aunque nunca pudo con él.-
 
Cuando podía, el Viejo volvía. Aparecía poco, no publicaba en la Argentina hace mucho y de vez en cuando en alguna revista, gruñía, hacía saltar todo por el aire. En eso, y en el talento desaforado, la imprevisibilidad, se parecía a otro genio dibujador, su amigo Oski. No es casual que en uno de sus últimos reportajes recordara hazañas etílicas, desmesuras y desplantes vividos juntos. El también era un viejo arbitrario, malo y tierno por dentro. Aunque lo había leído y mirado de chico – Sherlock Time en Hora Cero Semanal y Hora Cero Extra, 1959, con guiones de Oesterheld lo conocí de grande, veinte años después. A fines del 81, cuando ya éramos amigos y parientes, me pidió que le escribiera un guión, una serie aventurera "vendible" para Europa. Siempre he dicho que la sensación fue como si Pichuco se me hubiera acercado y me hubiese dicho: "Pibe, tengo este tanguito, ponele letra…" Algo así. Me quedaba grande. Jamás había escrito un guión de nada, no tenía ninguna obra de ficción publicada, lo intentaría. El resultado fueron las primeras ocho páginas de Perramus. Le gustó y seguimos. La historia resultó "difícil", demasiado intelectual y poco vendible según pronósticos y evidencias. El la bancó, se entusiasmó, se rompió todo, como siempre. Con interrupciones, trabajamos a lo largo de todos los ochenta: cuatro largas historias, casi cuatrocientas páginas tan deslumbrantes como complicadas de colocar en el mercado. Hubo reconocimientos múltiples, algún premio, bellas ediciones, el placer enorme de hacerla y poca guita. Nunca tocó un guión aunque trabajamos en equipo y sobre el final nos separaban varios tipos de distancia. Ahí está la obra: lo que sé del oficio, lo aprendí de él. Hacia mediados de los ochenta hicimos el capítulo inicial de El Dibujado, diez o doce páginas que jamás pasaron del bellísimo lápiz. La idea era que se tratara de un personaje creado años atrás por Breccia y Oesterheld que, por circunstancias del momento, se había quedado sin aventuras, sin desarrollo, incluso sin nombre. A diferencia de los demás participantes de la historia, que en la ficción eran "de carne y hueso", él era realmente "dibujado" y, como tal, sólo podía vivir aventuras adecuadas a su condición. La serie pretendía desarrollar peripecias no realistas, coherentemente inverosímiles y, en lo que a mí respecta, era un homenaje al trabajo y la creatividad de dos tipos que me habían marcado desde la infancia y para siempre: Oesterheld y el Viejo mismo.  Pero no pudo o no quiso ser.  Precisamente Breccia, que siempre se quejó de la falta de guionistas y buscó reiteradamente historias en fuentes literarias (su versión, adaptada por Carlos Trillo, de La gallina degollada de Quiroga es lo mejor que se ha hecho en el subgénero) tenía una relación por lo menos contradictoria con Oesterheld, su vida y su recuerdo. Con los años, reconocía su admiración profesional pero no le ahorraba críticas en términos personales. El autor de El Eternauta no era un hombre fácil; el Viejo, sin duda, tampoco. He intentado hacer dentro de mí la síntesis que pretendía en el papel con El Dibujado. En algún lugar de mi corazón, este Viejo que se acaba de morir y el otro que no conocí , se juntan a trabajar una vez más, ahora sin apuros ni plazos de entrega, y se ponen a inventar historias para alimentarnos los sueños. Para bien o para mal, hemos crecido y moriremos con sus implacables dibujitos en la cabeza.-
 
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